Muy pronto voy a cumplir 16 años en España. En estos días, por alguna razón extraña, me asaltan sentimientos que reactivan mi imaginario de emigrante, y me apetece escribir sobre ello.
Cuando emigras y consigues por fin integrarte a la nueva sociedad que te acoge (o no), tienes la sensación de que te han robado una buena parte de tu vida, la que has dejado atrás e intentado superar.
Algunos lo consiguen, y otros no, y eso depende en buena medida del empeño que pongas en saber asumir tu nueva situación. Mucho influye que sepas ver la botella medio llena, y tengas el valor de transformar las heridas en energía renovadora.
Lo más difíl es comprender que no se puede estar con la cabeza en los dos sitios a la vez, porque eso mata lentamente. Tienes que recomponer rápido tu red de soporte, rodearte de nuevos amigos y escapar de esa tendencia tan natural a buscar personas de tu origen con la que sentirte más cómodo.
Mientras haces el camino, te encuentras con gente buena que te ayuda, o por lo menos no te pone las cosas más difíciles, y gente menos buena que te coloca zancadillas para (sin saberlo) probar tu determinación. También los hay dolorosamente indiferentes, que se lavan las manos a la primera oportunidad.
Algunos actúan de mala fe pero son los menos, con diferencia. Lo que hay es una asombrosa falta de empatía hacia el inmigrante, una ausencia de sensibilidad que desentona con la mezcla marinera de dónde venimos.
Antes de terminar esta entrada, os haré una historia que refleja bien cuánto de olvido, ignorancia y contradicción hay detrás de esa falta de empatía. Leer más… »


















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